Me dan miedo los veganos

Por Miguel Mazzeo


Chori y cerveza. Asado y Fernet. Buseca y vino tinto.
"inmaculada decepción"



Sospecho de los veganos. No puedo evitarlo. Me he dedicado a observarlos con detenimiento y trato de conversar con ellos cada vez que se me presenta la ocasión. En verdad me interesa ahondar sobre su condición, la que suelen vivir con predisposición de iniciados, no exenta de rasgos apostólicos.

No todos recurren a las conceptualizaciones imperfectas y de bajo nivel explicativo. Por mi pasión por el asado, las empanadas, el locro, el puchero de codillo, los frutos del mar, los salamines, el queso, el chupe de guatita, el curanto, el pozole estilo Jalisco, el mole de olla y un largo etcétera, algunos me han “corrido por izquierda” y con argumentos relativamente sofisticados.

Me dicen que mi posición “especista” se eslabona mecánicamente con el machismo, el capitalismo, el imperialismo y el colonialismo; que comer carne, indirectamente, me convierte en defensor de la trata de personas, aliado de proxenetas y traficantes de órganos; que soy un criminal, un ser de mierda. No les creo demasiado. Tengo la sensación de que exageran un poco. Sigo escuchándolos y observándolos en silencio, mientras mantengo una absoluta disponibilidad para las hipótesis más desagradables sobre mi persona.

Cuando asocian nuestros hábitos alimenticios a un carácter criminal, cuando equiparan los mataderos de cerdos a los campos de concentración de los nazis, y así sucesivamente, yo no puedo dejar de percibir que la estructura de los veganos es fuertemente anti-hedonista y anti-erótica. Tal vez se trate de resabios de la moralina de algún credo, por aquello de que “la carne es pecaminosa”.

Minusválidos sensoriales por elección, los veganos están sometidos a un sistema de disciplina “espiritual”, por lo general sin autoridad divina, pero no por eso menos coactivo y represivo. En muchos aspectos ese sistema es más estricto que los que contemplan la intervención de autoridades divinas, porque es inflexible y no toma en cuenta la ética de situación. En concreto, veo que los veganos siguen el consejo de Epicteto: “sufrir y abstenerse”. Y a mí me parece que los veganos sufren. Sobre todo en las reuniones masivas donde se ingiere carne, en fiestas paganas y en otras instancias de comunión. O cuando deben rechazar un agasajo que, junto con la dedicación y el amor, porta alguna dosis de carne o de productos derivados de animales. No se trata de un sufrimiento inspirado en la compasión por las víctimas del reino animal. En verdad, me parece que no les importa demasiado la vida del chancho devenido jamón o chorizo, el destino de la vaca cuyos trozos se doran en la parrilla o la situación de aquella cabra, cuyas ubres fueron manoseadas para sacarle leche y hacer quesillo. Me parece que sufren porque una ideología les está matando una cultura (o, por lo menos, los resabios de una cultura).

A veces me dan miedo los veganos. En infinidad de casos he podido observar ansiedades paranoides, un permanente temor a contaminarse, a estar impuros. En ocasiones percibí, también, el sustrato de una estructura hipocondríaca.

Cuando un vegano posee una personalidad sádica, se convierte en un sujeto peligroso. Quiero decir: más peligroso que un sádico con otros hábitos alimenticios. ¿Qué opciones tiene de instrumentar su desequilibrio? Comer carne animal, tomar leche y deleitarse con sus derivados (además del queso: ¡dulce de leche!, ¡helado!, etcétera), puede ser una solución, pero esa alternativa, obviamente, está descartada para los veganos. Claro, no tengo porque asociar sadismo a veganismo, la combinación resulta fortuita. Pero, de todos modos, hay algo en el fondo que perturba, que “hace ruido”.

Consideremos el tema bíblico de Caín y Abel. Sabemos que Caín mató a su hermano Abel. Caín era agricultor mientras que Abel era pastor. Ambos le ofrendan a Dios sus productos, pero a Jehová sólo le agradan las ofrendas de Abel, unos corderitos espectaculares, alimentados con pastura natural. Caín se retuerce de envidia. Se enfurece cuando Dios le desprecia la cebada perlada. No soporta ser menospreciado por la autoridad. Un sacrificio exige dar lo mejor. Y lo mejor a los ojos de Dios era la carne. La evidencia muestra que a Dios no le gustan las galletas de algarroba, el tofu, etcétera Y entonces el vegano Caín, que nunca había destazado un animal, mata al carnívoro Abel achurando vilmente al propio hermano.

En muchas religiones, la supresión temporaria de la ingesta de carne (la cuaresma en el cristianismo, por ejemplo) se asocia a una situación transitoria de sufrimiento y de abstinencia. El sacrificio auto-inflingido es más bien simbólico y, sobre todo, un tributo a Dios. El ritual se completa con una celebración de la vuelta al tiempo de la vida plena: Chori y cerveza. Asado y Fernet. Buseca y vino tinto. Los veganos viven reprimidos en una cuaresma perpetua.

Los seres humanos no nos escaparemos jamás de los rituales sin consecuencias funestas.

Como el pobre Abel no tuvo descendencia, todos los seres humanos somos hijos del vegano Caín[1]. Hijos e hijas de quien reemplazó el sacrificio por el asesinato, el ritual por el crimen. Así nos va.

Además, el muy turro nos condenó a comer los productos de una tierra regada con la sangre de un fraticidio, a morar en las afueras del Paraíso, más precisamente en la región de Nod, al Este; a vivir con miedo a ser rechazados por la autoridad en lugar de enseñarnos a no tomarla en cuenta y “hacer la nuestra”.

El vegano Caín es el artífice de la mayor impureza, de la mayor contaminación.

Después llegó Monsanto a sumar su mierda.

Lanús Oeste, provincia de Buenos Aires, 20 de agosto de 2017 


 [1] No es descabellada la hipótesis que sugiere que el vegano Caín mató a su hermano carnívoro para que su estirpe tenga la exclusividad a la hora de poblar la tierra y crear la humanidad.

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Invitación a la presentación de libro de Juan Mihovilovich

"Espejismos con Stanley Kubrick"
"inmaculada decepción"

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Gonzalo Muñoz del Campo (Pac)

Banda de rock Vanal. De izquierda a derecha Gonzalo Muñoz del Campo (Pac), guitarra Maximiliano
Jagniaux, batería Víctor Hernández e invitado Hugo Vera Miranda.
El ángel de Puerto Natales.
"inmaculada decepción"



Es que no te lo podías imaginar. Un lugar tranquilo. No lo era tanto. Un lugar seguro. No lo era tanto. Un lugar magnífico. Y de repente nada. Toda la mierda del mundo concentrada a una cuadra del cuartel policial. A una cuadra de la gobernación. A una cuadra del municipio. A una cuadra del infierno. En el mismísimo infierno. La furia desatada. Incomprensible. Y le tocó a mi amigo. Le pudo haber tocado a cualquiera. Pero le tocó a él. Al mejor de la aldea. El ser más puro del planeta. El líder de una banda de rock. El chico que cuando perdía su equipo salía llorando de casa. El chico que durmió cien veces en Libertad 200. El chico que mirando el amanecer decía que la vida era hermosa. El chico que mientras mi madre agonizaba en el hospital de Puerto Natales, se presentaba a las tres de la mañana con café y empanadas. El chico que amaba a sus padres, a sus amigos y al Liverpool.

Y le tocó. Fue en la madrugada del maldito 8 de julio del 2017. Fue un descuido de dios. Seguramente dios estaba de franco, lo mismo que dos carabineros. También un guardia civil. Y le rompieron el cráneo y la vida. Y nos rompieron la vida a sus amigos. Aún hoy, no paro de llorar. No paramos de llorar. Lloraremos hasta el último día. Acto injustificable y bestial. Tres machos alfa premunidos de una furia desatada, nos quitaron del medio a nuestro hijo, hermano y amigo. Y todo el clamor del mundo pidiendo justicia. Reparación. Justicia. Justicia. Justicia. Señora Justicia, si usted realmente existe, denos algo de su elixir. Y a la vida una explicación. Seguro que no la hay. No puede haberla. No la habrá.

Fue a una cuadra del cuartel policial. Mientras mi amigo Gonzalo Muñoz del Campo agoniza en el hospital de Punta Arenas, el comisario que lidera a sus subordinados, que debería protegernos, sigue estando allí. La vida tal cual. No ha pasado nada. Sigue estando allí. Aunque algo ha cambiado. Veo más carabineros en las calles. Seguramente lo hace para seguir protegiéndonos. ¡Vaya mierda!

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Relatos novelescos de Juan Mihovilovich

Por Diego Muñoz Valenzuela


Libro de Juan Mihovilovich


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Estimo que conozco bien la narrativa de Juan Mihovilovich y probablemente algo menos al autor, lo cual no obsta para dar cuenta de una sólida y profunda amistad. Si no compartiera con Juan el credo de la dificultad para conocerse a uno mismo, y luego derivar de allí la evidente imposibilidad de conocer a otro, por más cerca que esté, no seríamos amigos, ni disfrutaría tan intensamente de su prosa reflexiva, aguda y penetrante.

De otra parte, la amistad entre escritores es bastante menos frecuente que el aprecio literario recíproco. Y suele ocurrir que la experiencia de conocer al autor -a la persona quiero decir- resulte decepcionante en grado superlativo. De ahí que pueda concluirse una suerte de máxima que reza: “no quiero conocer a más escritores, sólo quiero leerlos”.

Y digo esto para establecer que en este caso aplica la excepcionalidad que implica, desde quien habla, una altísima valoración del trabajo de Juan Mihovilovich, que se inició mucho antes de transformarnos en amigos. De hecho, recuerdo que experimenté temor cuando se dio la oportunidad de encontrarnos en la vida real y compartir un par de días. La amistad fue instantánea, probablemente porque fue la oportunidad de aquilatar una coincidencia de convicciones muy hondas acerca del ser humano y la historia de la humanidad.

Pero no se espanten, porque no pretendo abordar esta temática -imposible de agotar ni en una ni en varias vidas- sino comentar este libro singular en la trayectoria del escritor que nos reúne, ya singular en sí mismo, diferente entre los diferentes, dentro de la ya variada vertiente de la generación de los 80.

Sin embargo, la categoría de singular que atribuyo a este nuevo libro, dentro de la misma producción de Mihovilovich, no significa que contradiga las características o dimensiones de sus obras anteriores.

La prosa de nuestro autor siempre tiene al fondo, en la estructura misma de lo que nos relata, una reflexión penetrante, dura, dolorosa, exenta de cualquier concesión, consideración o prudencia. ¿Materias de la reflexión? Varias pueblan sus dominios: la naturaleza humana, el debate entre el espíritu y la carne, el deseo, la búsqueda de la trascendencia, la ambición por el poder, el crimen, los celos, la solidaridad, la codicia.

Otra dimensión: la puesta en escena de estas individualidades en la vida social: las instituciones gigantescas, kafkianas, abrumadoras que gobiernan nuestras existencias y conducen, o al menos regulan, el caudal de nuestras incontenibles pasiones dostoievskianas.

Una tercera dimensión: el dialéctico dilema entre cordura y locura, oposición que traspasa de manera bastante honda -aunque raramente esto se hable con franqueza- nuestra vida en comunidad. ¿Quién decide el límite entre la enfermedad y la salud mental? ¿Están los verdaderos locos, los más peligrosos, encerrados en las instituciones siquiátricas? ¿Estamos libres en las calles, o aquí mismo, en este acto, aquellos seres humanos que cumplen las exigencias de la normalidad sicológica o síquica?

Otra dimensión, que apela no sólo a la forma, sino al fondo, es la tonalidad poética que estructura la prosa de Juan. Más allá de sus incursiones tempranas en el ámbito de la poesía, nuestro autor es un lector recurrente de ese género. Y lo practica dentro de su propio trabajo narrativo, mediante una eficaz técnica de infiltración gradual o mediante explosiones focalizadas. Importante aprovechar de destacar que entre los narradores de los 80, la lectura de la poesía es muy importante, muy respetuosa, seguramente porque al fin y al cabo la literatura es una sola materia, continua y diversa a la vez, dentro de la cual nos hemos encargado de establecer límites, por decir lo menos, arbitrarios.

He nombrado cuatro dimensiones, para mí las más importantes. En todas ellas me siento coincidente, no en la forma, sino en el fondo. Y esto ocurre con otros autores presentes, por ejemplo, con la querida Lilian Elphick. Esto ocurre porque la humanidad resulta ser el centro fundamental de la obra narrativa, en una época de enormes y turbulentos conflictos que nos exponen a situaciones y amenazas terribles, que ponen en duda acaso la condición humana permitirá sobrevivir a este maremágnum de intereses, poderes, ambiciones y fuerzas en creciente contradicción.

Esta es la materia esencial de este libro, insisto con este adjetivo, singular.

Singular, porque desde el título, o desde la portada, nos interpela de una manera extraña, que anuncia el abordaje de un misterio que probablemente no se podrá resolver, al revés que una novela policial de enigma. ¿Qué une, más allá de la evidente semejanza física, al cineasta (uno de mis predilectos) y al escritor? Creo haber expresado ya los fundamentos de esta conexión. En esencia, la actitud de proponer preguntas, más que responderlas. ¿Cuál es el significado del monolito en 2001 Odisea del Espacio? ¿O del feto enorme flotando en el espacio? Es uno quien debe aventurar sus propias respuestas.

Otra singularidad, expresada en el subtítulo, relatos novelescos. ¿A qué puede responder esta categoría? Tras mi lectura atenta, aventuro una respuesta. Usted dará la suya propia. El nombre sugiere una criatura a medio camino entre el relato y la novela; por ejemplo, un conjunto de relatos que leídos en secuencia y vistos en conjunto conforman una novela. Los relatos vienen a equivaler a capítulos que pueden leerse en forma autónoma.

Bueno, para mí resulta ser una novela. Hay capítulos que brillan con luz propia, pero eso ocurre con muchas otras novelas. Sin embargo, este asunto, la verdad, no hace diferencia alguna para la lectura. La clasificación taxonómica es un distractivo de lo esencial. Queda como tarea para los estudiosos, los entomólogos de la literatura. Ergo, le estoy recomendando a usted, apreciado lector, no haga caso de tales fuegos de artificio.

Lea esta obra; a todas luces saldrá ganando en el saldo final, sobre todo porque tendrá más preguntas que respuestas. Y de esto trata la mejor literatura, de remover la condición humana con sismos profundos, ancestrales, que arrastran a la superficie los misterios que nos son consustanciales.

Simplemente Editores. 144 páginas. 2017.


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A Marino Muñoz Lagos

Por Juan Mihovilovich


Marino Muñoz Lagos y Pablo Neruda


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“Cerca de la última soledad/ teje el árbol su más sólida armadura/, sus canciones y sus sueños/. El viento cambio la dirección de su savia/ hizo de cada rama un jeroglífico/ y tocó a sus albores/ las flautas torrenciales/ de las húmedas esquinas del planeta/. (Marino Muñoz Lagos) 

Uno que no fue marino, pero que recorrió los mares del sur premunido de una palabra única, sencilla y vital. Uno que no surcó las estrellas, pero que fue el astronauta en tierra que nos apuntó con su dedo mágico los resplandores del cielo. Uno que nos enseñó el hechizo de la tierra, de sus reproducciones eternas, de sus vínculos secretos con el misterio de la vida y nos empapó de lluvia y de mutismos mientras el tiempo se esmeraba en agotarlo todo.

Pero, ese uno tenía también su complemento: ella, la amada y amante sigilosa que lo acompañó en sus territorios de sueños, de palabras hechas ideas y sustancia; ella, doña Eulalia, la fiel, la abnegada, la voz seductora de la madre y de la amiga, allí, enraizada en la raíz misma de la vida de Marino, asociada con su voz de trueno o de estampido.

Y es que Marino Muñoz Lagos era esa ave caprichosa y libre con que firmaba su nombre y deletreaba los cielos en busca de sí mismo. Y al buscarse en los ojos de los otros se hallaba también en los nuestros.

Marino fue el navegante secreto de nuestra adolescencia, el polizonte seductor con que bañó de ilusiones un tiempo que se nos iba de a pedazos. Y entonces sus versos nos rescataban del miedo, del temor de vivir, de morir un día cualquiera sin una lápida que nos recordara.

Marino cantó a los vientos magallánicos, a sus arboledas eternas, al frío de la Patagonia, a sus lagos multiplicados como esporas, a sus aves discretas y altisonantes cruzando las estepas heladas, sus ríos congelados, su fauna y su flora en su belleza casi fantasmal. ¿Cómo no enorgullecerse luego por sus versos premunidos de luz y de tibieza en medio de una tierra indómita y al fin domeñada?, ¿Cómo no sentir sus huellas y sus pasos, sus giros del idioma para que descubriéramos el sentido de los seres y las cosas?

Uno que no fue marino ha partido navegando hacia los confines del universo.

Desde su nuevo e ilimitado espacio nos envía ahora su pluma renovada, su espejo, su vibración inmortal, el cálido brillo de sus palabras para sentir que alguna vez pasó entre nosotros, sublime y modesto, por estos parajes de frío, de vientos y silencios.

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Trump

Por Miguel Mazzeo


EL IMPERIO INVISIBLE


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Donald Trump no se caracteriza precisamente por sus rasgos de amable intrascendencia o de levedad. Trump exagera, se esfuerza por ser lo más bruto, cruel e impiadoso posible.

Con Trump adquiere visibilidad el Imperio invisible “establecido por encima de las formas de la democracia” del que hablaba el cándido presidente norteamericano Woodrow Wilson a comienzos del siglo XX. Por eso resulta inevitable el ejercicio de la grosería en todos los planos. Allí está el matón de Trump: con su desprecio por la igualdad y la fraternidad, con su exaltación del interés particular y el egoísmo, con sus miles de millones de dólares y sus prejuicios, con sus inagotables imprecaciones, con su peinado barroco y su mujer ornamental y robótica. Una verdadera unidad orgánica.

Esto, claro está, perturba a una buena parte de sus opositores y opositoras, dentro y fuera de los Estados Unidos. Sobre todo a esa extensa franja integrada por los y las que desean un capitalismo y un imperialismo que no se alejen demasiado de sus típicas formalidades y de sus relatos románticos, casi rosados. Un capitalismo “distribuidor de oportunidades”, un imperialismo “medido” y en dosis “adecuadas”, a tono con el hombre/mujer promedio que es uno de los fetiches tradicionales de la cultura política norteamericana.

Trump aparece como un sujeto desmesurado, un personaje indigerible tanto para el americano y la americana promedio como para el y la pro-yanqui promedio de cualquier rincón del planeta. Todas las personas que asumen, dentro y fuera de los Estados Unidos, la posición reaccionaria heterodoxa rechazan los recursos expresionistas de este reaccionario ortodoxo que es Trump, porque los mismos no hacen otra cosa que poner en evidencia –por la vía de la celebración abierta y descarada– los costados más aberrantes del sistema depredador en el que confían y al que defienden, al que no pueden o quieren criticar. ¿No será que, casi igual que en el psicoanálisis, en el capitalismo y en la democracia norteamericanos lo más auténtico se puede encontrar en las exageraciones?

Trump, con sus hipérboles, hace traslucida toda la farsa del sistema. No sólo lo despoja de escrúpulos sino, fundamentalmente, de sus falsos escrúpulos y las falsas concepciones. Trump ha llegado para poner a una parte importante de la sociedad norteamericana cara a cara con la verdad, para confrontarla con su propia identidad: el mundo como mercado es una representación tremendamente represiva; el horizonte de la acumulación ilimitada de propiedad privada atenta contra toda idea de comunidad y produce misántropos y asesinos; el sueño americano históricamente se ha sostenido en la opresión interna y externa, en la frustración colectiva, en la esclavitud y el racismo, en la guerra y el colonialismo; la democracia norteamericana es etnocéntrica y nada democrática. Son las élites y las clases dominantes las que escogen y deciden con exclusividad. Por cierto, Trump no fue elegido por una gran mayoría, ¡ni siquiera por una mayoría!

¿Ayudará el excesivo Trump a que millones de norteamericanos y norteamericanas logren hacerse de una buena vez una pregunta radical sobre el mundo? En ese caso podrán ver con claridad que el contraste no es tan estridente como indican algunas superficies y que, en realidad, comparten con Trump lo esencial, aunque no lo profesen. Podrán ver que, en el fondo, ellos y ellas también son fascistas en barbecho y que, a pesar de los buenos modales, practican a diario la antropofagia. Tal vez sientan culpa y vergüenza por haber ejercido la función reproductiva de seculares mecanismos de embrutecimiento; en fin, un primer atisbo de conciencia y de politización. Tal vez decidan abandonar las estructuras triviales en las que habitan para acercarse a quienes luchan desde la entrañas del monstruo a favor de una democracia sustantiva y por un proyecto civilizatorio alternativo.

Trump es la barbarie en su punto más cercano al éxtasis. Sin mistificaciones. Es la representación más cabal de la prepotencia y la voracidad de todo un sistema sin el filtro de la hipocresía pseudodemocrática, incluyendo la fantasía de una sociedad “pos-racial”, que ha servido para confundir, desviar y disimular innumerables elementos: la ausencia absoluta de pluralismo de la sociedad norteamericana (en realidad, su horror al pluralismo); las torturas en Abu Ghraib y Guantánamo; los asesinatos masivos perpetrados en Irak, Afganistán y Siria; el apoyo a los golpes de Estado en Honduras, en Paraguay y Brasil; el bloqueo a Cuba, la permanente desestabilización de la Revolución Bolivariana en Venezuela, tomando apenas algunos pocos ejemplos más recientes. La diferencia es que Trump reivindica este tipo de aberraciones, defiende explícitamente la tortura, etcétera… No recurre a argumentos morales para encubrir sus compromisos más abyectos. Es muy probable que a él nunca se le otorgue el premio Nóbel de la Paz como a su antecesor en la Casa Blanca.

Con Trump los elementos paranoicos de la sociedad y la política norteamericana tienen vía libre. Ya no necesitan disfrazarse. Nada mejor que una figura que hace gala de su omnipotencia para dar rienda suelta a las estructuras paranoides y antisociales. Al exacerbar sus peores rasgos, Trump amenaza con romper los equilibrios que tornaban previsible y controlable a un sistema de dominación y de control. Deslegitima, o por lo menos hace más complicada, la tarea de las instancias manipuladoras a gran escala y en serie de las conciencias y, en general, de todos los ámbitos encargados de instrumentar los desequilibrios de una sociedad paranoica y sádica, conformista y reprimida. Es por eso que Hollywood, la CNN y especies similares lo desaprueban.

Lanús Oeste, enero de 2017

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Un natalino en Venezuela

Por Ramón Díaz Eterovic


INMACULADA DECEPCIÓN


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Nadie es profeta en su tierra. El dicho nunca ha sido tan cierto como en el caso de Hugo Vera Miranda, poeta y narrador de Puerto Natales que ha desarrollado un trabajo silencioso, apartado de las capillas literarias regionales donde se administran opciones editoriales, invitaciones a encuentros, selecciones en antologías y loas críticas con olor a naftalina. Vendedor de libros y editor de una revista de poesía en Buenos Aires, administrador de un boliche de menestras en la Patagonia, recordado medio campista de la selección de fútbol de Puerto Natales, y amigo a tiempo completo de sus amigos, son algunos de los oficios que ha ejercido con variada fortuna en algo más de seis décadas de vida. Su obra, tan breve como notable, considera dos libros hasta la fecha: “El tigre de la memoria” conjunto de poemas publicado en Chile por la Editorial La Calabaza del Diablo; y “Inmaculada Decepción” libro de relatos recientemente publicado en Venezuela por la Fundación Editorial El Perro y la Rana, creada durante el gobierno de Hugo Chávez para difundir textos clásicos y la obra de escritores latinoamericanos contemporáneos. Este libro cuenta con las ilustraciones del español Javier Molinero, y un enjundioso prólogo a cargo del escritor argentino Miguel Mazzeo. El cuidado de la edición estuvo a cargo del poeta venezolano Marco Aurelio Rodríguez. Los textos de Vera Miranda también han sido traducidos al portugués, italiano y al inglés. Lo poco que Vera ha dado a conocer hasta ahora de su obra, ciertamente es más apreciado en otros países que en Chile.

Los relatos de Vera Miranda son sorprendentes; combinan la biografía personal del autor con hechos imaginados, referencias literarias, musicales, cinéfilas; anécdotas de barrio y copuchas de almacén. Una combinación que también considera altas dosis de erotismo, ironía y humor para intentar atrapar una realidad que al autor, y seguramente a muchos de sus lectores, se les escapa de las manos o se les presenta como una permanente mueca hostil. Nada parece distante a los dardos de este autor que expone su vida y sus sentimientos sin cálculos ni consideraciones: escritores, autoridades, amantes tormentosas y hasta Dios, como un personaje más de la comedia humana, es interpelado por la protesta vital de Vera. Bien dice el prologuista Miguel Mazzeo cuando comenta que los textos de Vera Miranda se pueden definir “como piezas perfectas de belleza magullada. O belleza corrosiva. Su obra posee el raro encanto de ser al mismo tiempo bella, cruda y justa”. Y también acierta Mazzeo, cuando caracteriza a Vera como “un gato negro, viejo y canchero que camina en la cornisa al borde de lo imposible”.

Lo que escribe Vera Miranda tiene el brillo indiscutible de lo auténtico. En sus historias no hay artificios ni imposturas. Sabemos que muchos de sus relatos son parte de las huellas que la vida fue dejando en sus sentimientos y visión de mundo, luego de sus peripecias por Buenos Aires y su posterior estadía en Puerto Natales, donde rodeado de una biblioteca infinita se dedica a mirar por la ventana un mundo que está lejos de las estrechas calles de su pueblo. Y es difícil salir sin magulladuras de la lectura de este libro, porque por uno u otro motivo su autor se encarga de propinar certeros golpes a la razón y la conciencia. La visión de las cosas en Vera parece conducir inevitablemente a una suerte de desesperanza lúdica frente a un mundo que se presenta con los colores de la farsa, de la impostura, del fracaso. La que lo hace Vera Miranda. Sus textos existenciales, a ratos caóticos o desesperados, actúan siempre como pequeños espejos que reflejan una realidad que no se puede soslayar. Y si es ácido con su entorno, lo es más consigo mismo, como cuando escribe: “Publiqué un librito que nadie lee. Que nadie cita. Que pasará al olvido tanto como aquel tipo que estaba destinado a las ligas mayores. Algún día alguien se acordará de mí. Se acordará como el tipo al que la poesía arruinó su vida”.

Los textos de este libro y muchos otros más se pueden conocer accediendo al blog Inmaculada Decepción que administra Vera Miranda desde hace más de una década. Su obra no dejará a nadie indiferente, y desde luego, alguna editorial chilena debería publicar y difundir la obra de Vera Miranda, antes que esta se vuelva un autor de culto en otros países, y se tenga que reconocer una vez más que no sabemos reconocer y disfrutar a tiempo a nuestros auténticos y valiosos creadores.

Publicado en la Revista Punto Final N° 867.
23 de diciembre de 2016.

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“Inmaculada decepción” … (Apología apócrifa sobre HV)


Relatos de Hugo Vera Miranda.
Fundación editorial El perro y la rana.
144 páginas. 2016. Venezuela.

Probablemente Hugo Vera sea un inadaptado social...
"Inmaculada decepción"



Probablemente Hugo Vera sea un inadaptado social, un tránsfuga, una suerte de carrilero suplente en un partido de fútbol navideño. Probablemente Hugo Vera sea un estafeta o chófer de unas pompas fúnebres que por las tardes de bruma huye de las oficinas y de los ataúdes y camina libremente a orillas de la costanera de Puerto Natales. Es probable. No lo podría asegurar. Pero ese tipo al que se cataloga de poeta o de prosista muerto de hambre y que suponemos no sabe cómo capear el temporal de los tiempos modernos, me parece uno de los escritores más lúcidos de las últimas décadas. Eso es también probable. Con seguridad se me vendrán encima los intelectuales que llenan los muros virtuales con sus mutuos artículos de ficción. Me incluyo entre ellos. Porque con visos de certeza escritores como Hugo Vera no se dan día a día. Ni en varios años. Ni en un lustro o una década. Ni son sacados de la chistera de un prestidigitador para ensuciarnos de golpe la alfombra mullida de nuestras casas. Es probable que a Hugo Vera le interese un comino si lo leemos o no. Quizás se haya inventado a sí mismo y deletrea sus espacios más íntimos disfrazado de fracaso, de vendedor ambulante o se crea dueño de un almacén de menestras que no le pertenece. Allí, es probable, que se cobije de los avatares de la sociedad pacata en que le ha tocado por desgracia mimetizarse. Él lo sabe. O es de presumir que lo intuye. Por eso ha inventado un blog donde se lee y se descubre haciéndonos creer que cuenta las historias de un hijo de vecino. “Es un crápula, un bebedor de fantasmas, un zángano de tomo y lomo”. Han de ser los comentarios en sordina de quienes lo ven pasar picota al hombro en la tarde crepuscular. Es que Hugo Vera se recubre de obrero real para no morirse de hambre, porque si de él dependiera se habría hecho monje y habría conocido a Gandhi o al Loco Pepe, sin establecer entre ellos ninguna diferencia. Les habría invitado un vaso de vino y basta. Un abrazo fraterno, y basta. Y es probable que si alguien le hiciera un comentario de mal gusto escupiera entre dientes alguna hebra de pasto y lo miraría con sorna o con burla o con una sonrisa carcomida por el viento de la Patagonia. Es que Hugo Vera nació para la soledad y en la soledad se mueve como pez en el agua. Ni siquiera eso: sino como pez dentro de un acuario, un acuario que se desplaza en invisible silencio por el espacio y desde donde sus ojos de axolotl divisan el mundo que se despedaza allá abajo. Y es que Hugo Vera ha aprendido a sobrevivir con su mochila a cuestas y su descrédito por la vida ajena no es un desprecio de utilería. Y es probable que ni siquiera sea desprecio ni resentimiento, como quieren etiquetarlo las comadronas de un centro de madres o del Club de Pesca y Caza de su ciudad natal. Nada de eso. La agonía de Hugo Vera es una clara y serena decepción por el inmaculado pecado agusanado del mundo liberal. ¡Qué va! Tampoco es eso. No se parece a nadie en particular y es una muestra rotunda de nuestra decadencia occidental. Y, es probable, que nos haga creer también que esa decadencia le pertenece. Es que Hugo Vera, en su destierro voluntario, se ha hecho de enemigos que apenas resisten el apelativo de esclavos, pero sus amigos escasos lo veneran, lo respetan y leen sus frases sintiendo que golpea casi siempre bajo el cinturón. Y aunque es odioso de los iconos y de las estatuillas se ha ganado un lugar “inmaculado” en las letras de este país. Aunque, obviamente, nadie lo sabe, salvo dos o tres de sus lectores más insobornables. Y eso es relativamente claro, como visión de un triste clarividente que anuncia el ocaso y la aparición de un sol muerto entre las estrellas. Su sitio no puede ser ocupado por nadie más que por el mismo. Nació para escribir y para escribir ha nacido, frase ramplona que repudiará al instante. Pero es que no se me ocurre demasiado luego de leer su “inmaculada decepción,” esa prolongación en clave de sus poemas y relatos en prosa que periódicamente recrea en su blog del mismo nombre. ¡Un escritor, señoras y señores! ¡Un escritor de verdad! Una especie en extinción que levanta su tienda de campaña en la cabeza de los escépticos y de los mentirosos, que se acuesta con reinas y con prostitutas, que no venera al dios de San Sebastián ni al de las montañas del Tíbet y que, como dice un amigo, si por esos avatares del destino fuera ungido Papa, tampoco creería en Dios. Un escritor que sucumbe cada mañana y que resucita con la noche, al amparo de un vaso de vino, un cigarrillo, y un espejo deforme donde ve a su través el destino humano.

Bienvenido entonces, escritor de los milagros cotidianos y guerrero de la hipotermia cerebral. Nada hay de pecaminoso en tus escritos hechos con sudor y sangre, algo de bilis y bastante desfachatez sobre el rimbombante caminar de nuestros universos simiescos revestidos de frac y de humitas post modernas. Que sigan tus palabras sacudiéndonos las entrañas y haciéndonos sentir que nadie vislumbra mejor que tú la agonía del mundo. De nuestro mundo...

Juan Mihovilovich

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