El artefacto de mentiras

Por Robinson Vega Vera


... una pendeja, un pendejo, otro pendejo, otro más,
"inmaculada decepción"


La lluvia azotaba los vidrios del taxi, así como luego azotaría los ventanales del aeropuerto. El chofer hablaba de lo terrible de las noticias, de la catástrofe que es la desaparición de un familiar, más de un niño, de lo que duele, de lo que se rompe, de lo que se pierde, del castigo que merecen los asesinos. Diego iba exhorto en las gotas que se deslizaban por el vidrio, en el modo en que estallaban al llegar al auto, y cómo se desplazaban lánguidas por la fuerza del movimiento y del viento. Sí, sí, claro, cómo no, evidentemente, cosas así creyó musitar, como intentando responder al entusiasta discurso del taxista. A quién le importa, al fin y al cabo, que se pierda un niño en la ciudad, cuántos se pierden a diario en todo el país, en el continente, en el mundo. Si se pierde una rucia de ojos azules todo el mundo se conmociona, cuando se pierde un negro o un indio nadie se entera. El taxista quedó mudo ante lo que le supo a una verdad siniestra e inapelable. Condujo en silencio el resto del camino. Dejó al pasajero en el aeropuerto y al despedirse

- Tal vez tenga usted razón en eso, de que cuando se pierden algunos, nada pasa, que cuando se pierden de los otros, queda todo patas pa’ arriba…

- Sí, pero siempre ha sido así – como queriendo nunca haber iniciado la conversación, parecía tan fácil haberse quedado en silencio, “mi gran bocota y yo” pensó.

- No tienen por qué mantenerse como están las atrocidades del mundo, digo. Pobre chico.

- Gracias. Ahí estamos – indicando el billete con la Gabriela Mistral estampada y haciendo un ademán de despedida.

- De nada, que tenga un buen viaje.

 Diego entró al aeropuerto a paso veloz, aunque no sé si tanto por el frío como por los deseos de irse, embarcó rápidamente, aún no se formaba una aglomeración para abordar el avión. Pasó a la sala de espera, algo que tendría que hacer con paciencia, pidió un trago, se sentó a esperar, mirar como la lluvia azotaba los ventanales del aeropuerto, el mismo que hace un mes lo había visto llegar por primera vez al Austro que ahora albergaba sus irascibles deseos de partir nuevamente al norte.

Armó maletas con la promesa de un trabajo, un reemplazo permanente en un colegio, ya había trabajado en uno de la misma red de establecimientos educacionales cosmodemónicos, sembrando el terror y la esquizofrenia en este país y en otros, por lo que no le costaría adaptarse. Arribó un martes de madrugada, sin haber logrado dormir en el avión. Bajó y partió a una hostal, la cual sería su centro de operaciones por los primeros días antes de encontrar un arriendo o pensión que se ajustara al presupuesto. En la hostal tomó una ducha, el desayuno y partió caminando hasta el colegio en cuestión. Era aún bastante temprano por lo que solamente apuraban sus ganas de empezar (las que eran directamente proporcionales al calor en invierno). Pasó frente al colegio, eran poco más de las siete y apenas habían unas cuantas luces encendidas, estaba oscuro y no parecía que fuese a amanecer pronto. Optó por no quedarse ahí parado ya se le congelaban los pies, las manos, la cara y la espalda, así que tomó rumbo hacia la costa. Llegó a una calle decorada de puro cemento que permitía la vista limpia y rasa de todo el borde costero –todo, o casi todo-, quiso tomar una bocanada del fresco aire marino pero fue como si un millón de hormigas entraran a su garganta repiqueteando todo adentro, sintió aún más frío, retrocedió nuevamente al centro de la ciudad, tomó rumbo norte, llegó hasta unas arboledas, a esa altura caminaba con las manos bajo las axilas, como abrazándose a sí mismo. Se devolvió hacia el sur, cruzó el centro que permanecía aún cerrado, todas las tiendas exhibían sus cortinas metálicas rayadas con grafitis que le eran ajenos, se entretuvo leyéndolos, desde conciertos, peñas, tocatas, campeonatos de básquetbol, fútbol, truco -¿truco?-, propaganda política, más bien anarquista, la cual logró hacerlo sentir como en casa, por diez segundos. Sin darse cuenta estaba frente a la hostal. Decidió entrar movido exclusivamente por el frío, era aún temprano, volvió a desayunar, esta vez solamente un café. A la media hora –tiempo suficiente para recuperarse del entumecimiento en las manos, de los mocos que brotaban desde su roja y adolorida nariz- estaba ya de vuelta frente al colegio, llegaban apenas los atrasados, ninguno muy angustiado, al parecer, con el paso calmo y cadencioso. Entró, esperó a que atendieran a los criminales que osaban llegar minutos después de sonado el timbre, una falta imperdonable cuando se la ha transgredido tantas veces.

Hola, soy el profesor Burgos. Así tendría que haber dicho, y le habrían contestado lo esperábamos con ansias. Pero lo cierto es que alcanzó a levantar un dedo, tomar aire y abrir la boca y en ese preciso instante un chamán de la red cosmodemónica lo interrumpió, saludando, interrogando superficialmente y verificando que, en efecto, era el profesor tan esperado, aunque era esperado con cierta indiferencia, como si no lo esperasen aún.

Pasó la mañana viendo las actividades en que se dejaban atrapar estudiantes y profesores con una entrega total, parecían convencidos por propósitos superiores a su existencia, la trascendencia de lo que hacían en esos momentos. Una verdadera guerra sin cuartel… entre las alianzas. Resulta que saldrían dos días antes a las vacaciones de invierno. Era martes y se disputaban la mayoría de los puntos de la competencia. El miércoles ya sería la premiación y el desayuno en cada curso. Diego Burgos, puedes quedarte aquí a romperte el lomo por estos niños, por el futuro de la patria, o pudrirte en un bar, para el caso era lo mismo. Eso fue lo que entendió de las amables palabras del rector. A lo que Burgos respondió con otras palabras muy amables, intentó quedarse pero tras unos breves minutos estuvo tan convencido de la inutilidad de la batalla por cambiar el mundo, ganándole a otras alianzas, que inventó una excusa para volver al día siguiente, a esa jornada de reflexión y evaluación. Tomó rumbo al centro nuevamente. Perdió la conciencia del tiempo y deambuló por toda la ciudad hasta convencerse de conocer todos los límites del centro y sus detalles, que para una ciudad tan pequeña parecían constituir la estructura básica e imprescindible de la misma, a ratos parecía un puerto con calles que descendían o subían, según la ruta que estuvieses llevando, en otros asemejaba una ciudad perdida en un valle, plana y estática. Notó que el sol se escondía por los cerros, lo que le hizo sentir un desarraigo profundo con ése paraje. Esto es otro país, por definición el sol se hunde en el mar y aparece por la cordillera, no puede ser de otro modo. Era el más discreto gesto de que todo era diferente ahí. Entró una o dos veces a algún café. Almorzó en un restaurante lleno de gringos (europeos, estadounidenses, asiáticos varios, brasileños, argentinos, gringos todos), se tomó una cerveza en otro restaurante. Caminó erráticamente hasta que anocheció de súbito, al menos ésa fue su impresión. Tomó rumbo a la hostal con el pánico de sentir que ya había conocido la ciudad entera, que había conocido la isla entera, el mundo entero, y ya no había ninguna sorpresa para él; era la desolación hecha urbe.

Al día siguiente, llegó a los desayunos y premiaciones, el jueves entró como un profesor más –eso era, al fin y al cabo- y participó silente de la jornada. Ya el viernes se respiraba algo distinto. Su segundo día discurriendo con personas cansadas y dispuestas a la destrucción, los planes conspirativos que se armaron en el colegio de la red cosmodemónica culminarían en bares cercanos, irían decayendo en reputación según fueran mermando los recursos del grupo y según se fueran retirando los integrantes más “decorosos” de la colectividad. Diego iba como uno más de la manada, el nuevo, el pajarito nuevo, el perro nuevo, el goma, el amigo de todos, el amigo de nadie. Partieron por un restaurante de nombre italiano en pleno centro de la ciudad, luego caminaron un poco más al sur, hasta un pub tan barroco como el italiano pero con tintes más bohemios, la tercera escala fue en un local que tenía la patente de restaurante de turismo, lo cual era un vil eufemismo, era tan turístico como un McDonals en Nueva York, parte esperable del paisaje. Estuvieron ahí hasta pasadas las 3, cuando la veintena de hombres –mayoritariamente hombres, las mujeres que había apenas fueron hasta el restaurante italiano- pasaron a ser un grupo de cuatro borrachos alegres, entre ellos, D'Artagnan, Diego, que había caminado esas mismas calles con un tedio colosal, ahora las caminaba libre de ese peso.

 - ¿Y ahora? – Musitó uno, alegremente, al notar que no eran aún las cuatro

- Vamos al Fernandos – Expresó con seguridad y convicción otro
- Yapo, en qué topamos…

Diego a duras penas escuchó la conversación, distraído por la música y otras conversaciones, además de su incipiente borrachera. Afirmó estar medio escaso de dinero, lo cual fue refutado con inesperadas muestras de solidaridad. Pero no, compañero, cómo es eso, no nos insulte, aquí hoy usted es el invitado, sea bienvenido, hoy por ti, mañana por mí. Así lograron llevarlo, sin muchos forcejeos, al que resultó ser una casa de putas de lujo. Diego no alcanzó a terminar de entrar cuando vio enfermeras, policías, conejitas, colegialas, todas a niveles hollywoodenses, escasas en el cotidiano. Algo digno de mirar, contemplar a boca abierta.

Buena, Burgos. Lo vamos a pasar bien, ya se notó que eres uno de los nuestros. Por hoy, no te preocupes, yo invito. No te acostumbres eso sí. Dijo esto mientras estaban medio abrazados viendo el baile de una colegiala a la que le restaba desprenderse de una corbata para quedar totalmente desnuda. La conversación avanzaba al mismo ritmo que avanzaban los vasos –habría dicho copas, pero quién ocupa “copas”- pero retornaba constantemente a hablar de la bohemia local. La que en efecto resultaba ser bastante pobre. A pesar de eso, le decía Oyarzo, hay que saber encontrar, saber dónde ir para conseguir lo que quieres, por ejemplo aquí es solo para recrear la vista. Hay lugares donde encontrarás negras, otras negras, negras más negras que esas negras que viste primero, podrás encontrar argentinas, jovencitas, jovencitos. Bustos quiso aparentar normalidad ante la última palabra que escuchó, la que fue pronunciada con una cadencia distinta, insidiosa.

Las visitas al Fernandos habrían sido cotidianas si no fuesen tan costosas. El tedio diario del invierno, el periodo de vacaciones convertían en necesidad buscar esos placeres, casi a cualquier precio. Al poco andar la semana, la primera semana aún de las vacaciones de invierno, Diego notó una severa merma en sus fondos. Tras asesorarse con el Oyarzo, empezó a visitar lupanares más accesibles a su presupuesto decreciente. Consulta que debió hacer dos o tres veces. Entrada la segunda semana, veía el abismo frente a sí. La quiebra. Empezó a sacar cuentas, calculó los gastos de su estada y no había solución más que endeudarse con un banco o con una tarjeta, pedir un avance para comprar lo necesario. Le quedaban poco menos de cien mil pesos.

Salió a caminar en un intento por dejar de pensar tanto, calcular y recalcular todo sin resolver nada. Llegó al Café Colonial –lo de café es un eufemismo- se sentó a la barra y logró entablar conversación con dos o tres parroquianos, que por lo visto eran casi parte del inventario del lugar. Conoció la ciudad desde otras perspectivas, más amables y etílicas, por supuesto. Llegó un punto en que decidió no gastar más, estaba a dos pasos de entrar a una economía de guerra y no quería precipitarse por una cerveza más. Salió del café y se quedó un momento parado, como decidiendo a dónde ir, miró el suelo, luego el cielo de la noche que parecía tiritar por el frío. Siguió el peso de la gravedad y caminó hacia la costa, donde bajaba el cerro, camino al casino de la ciudad. Bueno, si iba a meter la pata, habría que meterla bien, hasta el fondo, en forma irremediable. En eso pensaba a medida que caminaba hacia allá. Entró sin esperar nada, tal vez buscaba tocar fondo, es como ahogarse en una piscina, se mentalizaba, cuando pises fondo podrás volver a la superficie.

En el aeropuerto vio como un camión con comida obligó a retrasar el vuelo. Alguien calculó mal, el camión se ensartó en el avión. Escuchó por los altoparlantes que debido a un problema técnico se retrasaría el vuelo. Burgos vio in situ el problema técnico, a diferencia de la mayoría de los pasajeros que aún estaban en la fila chequeando sus pasajes; le pareció que cualquier cosa podía ser un problema técnico, todo, lo que sea, que aquel problema técnico era un eufemismo barato, una méndiga mentira, una más, una menos. Se dejó absorber por el intrigante modo en que pequeños detalles repercuten incalculablemente en lo que nos pasa. Se vio a sí mismo en los bares que frecuentó después de su mágica noche en el casino, entrando a prostíbulos cada vez más sórdidos. Se cumplió la segunda semana de las vacaciones de invierno, esperaba con ansias volver a hacer clases alguna vez, por lo que resultó ser una tragedia el descubrir que en la zona las vacaciones de invierno duraban una semana más que en el resto del país. Se abandonó a caminar, emborracharse, caminar, pasar por fuera del Fernandos y de ahí tomar conciencia y ahorrar yendo a lugares menos costosos, y menos glamorosos, claro, menos seguros, menos de todo.

Pasó así su última semana de vagaciones, hasta regresar con gloria y majestad a una sala poblada de inteligencias adormecidas. Vio en la primera fila a un chico menudo, de tez morena, solo un poco menos que su cabello. Había cuarenta sujetos más ahí, todos desconocidos menos él. Lo identificó inmediatamente desde uno de los lupanares que frecuentó en esa temporada invernal. Un fantasma frío y seco se desplazó desde la nuca hasta los talones, el recuerdo de ése delgado torso que se arqueaba al exhalar, desnudo retorciéndose entre sus manos, jadeando como una niña que descubre su sexo, presionando esos muslos contra sus piernas.

Después de clases, Diego se veía con Felipe casi a diario, se reunían en un callejón de la ciudad, en un auto que había rentado, tomaban la ruta hacia el sur, que era un espacio vacío y despoblado casi siempre. Diego sufría al verlo, sin poder acceder a él a su antojo como lo hiciera en las vacaciones. Empezaron a discutir, luego a pelear. Estar alejado de la ciudad y cercano al Estrecho de Magallanes propició lo que pasó finalmente. De entre los delgados y rojizos labios de Felipe emanó una respuesta visceral en forma de escupo ante una provocación infantil y desesperada del profesor, tal vez una propuesta insultante, o cualquier recurso último por mantenerlo cerca. Las manos de Diego, libres de todo juicio público, cobijadas en el anonimato impune, atinaron a abrazar el adolescente pescuezo de Felipe, sentía la misma libertad que cuando pagaba por coger, ya sea una negra, una negra más oscura, una pendeja, un pendejo, otro pendejo, otro más, hasta que ya no quería otro sino ése, ése pendejo, ése pendejo que empezó a cobrarle un poco más, ése pendejo que de un día para otro lo buscaba a él también, ése pendejo que ya no le cobraba, ése pendejo que tenía entre las manos, tomado desde el cuello hasta lograr que sus ojos se opacaran, como si se secaran. Envuelto en pánico, le llenó los bolsillos con piedras, le metió piedras por la boca como si llenara un pavo. Procuró tomar todos sus objetos, la mochila y el teléfono que estaban en el auto. La mochila la llenó también de piedras y la amarró fuertemente al cuerpo que lanzó al agua. Volvió a la ciudad, condujo nervioso pero sin expresarlo a través del auto, la noche cayó como el final de un acto, justo a tiempo, como sincronizado para perderse entre las calles frías y paulatinamente despobladas, aun así sentía que todos los ojos lo buscaban a él, que lo perseguían a él, que le apuntaban a él, a él.

Que fue un cura, que fue una legión de curas, y uno de ellos en especial, el que se suicidó por el pérfido sentimiento de culpa, que la red cosmodemónica cobraba una nueva víctima, que fue una pelea de borrachos en la calle, que fue un problema técnico, o burocrático, que fue un guardia, que fueron los policías, un político, un directivo de una empresa estatal, un gerente de supermercado, de megamercado, de un hipermercado, que se escapó de la casa, de los malos tratos de un padrastro, que en casa lo golpeaban, lo dejaban como estropajo, lo violaban diariamente, lo dejaban como estropajo húmedo. Diego veía las gotas de lluvia descender por los ventanales de la sala de espera del aeropuerto, predispuesto a dejar su ausencia en ése lugar y llevarse todo lo demás, todo menos los diarios locales que deambulaban sobre las mesas, llenas de suposiciones e hipótesis rebuscadas y artificiosas, puras mentiras, pensó. Cuando en el relato solo queda la ausencia, cuando la memoria se levanta a partir del vacío, se crea un artefacto del que únicamente obtenemos mentiras.

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Crónicas del asombro

Por Jorge Díaz Bustamante


Un extraterrestre en la moneda
"inmaculada decepción"


Caminando con mi hijo por las calles del viejo puerto, encontramos en la librería Mar de libros, un ejemplar que llamó nuestra atención por su extravagante título; Un extraterrestre en la Moneda. Lo revisamos con curiosidad y continuamos nuestra ruta, hasta enfrentarnos con una vitrina que con gruesos caracteres saludaba “Hola Este”. Estábamos frente al muy magallánico kiosko Roca, versión porteña.
Una vez allí, saboreando la conocida pasta de choripán, acompañada de la tradicional leche con plátano, dimos una primera mirada que nos dejó perplejos; el autor del mencionado libro Camilo Taufic, registra fecha de nacimiento en 1938 en la ciudad de Punta Arenas.

Así nos encontramos con una recopilación de 21 historias fantásticas. Crónicas, donde el propio autor se define como “cronista de la vieja guardia”, algunas de ellas producto de su imaginación y otras absolutamente reales, basados en sus conocimientos de historia y literatura en general. Aquí se tocan los más variados temas de Chile y el mundo, sólo por dar algunos ejemplos; “El abominable hombre de las nieves es mujer”, “Reaparición tenaz del chupacabras”, “Charles Darwin contagiado en Sudamerica”, “El fin del mundo ya ocurrió cuatro veces”.

Entre estas historias destaca “El caso del pasaporte turco”, el relato da cuenta de un exiliado chileno en la década del setenta que viaja por Europa premunido de un menú obtenido de un restaurante turco europeo, “Hacia el amanecer – trabajaba por la noche - ,J.G. volvió a examinar el menú (o “El Documento”, como empezó a decirle) al llegar a su pequeño cuarto”. En el fondo se trata del pícaro chileno, que en los momentos de desesperación utiliza todo su ingenio para salir airoso de las dificultades que se le presentan. Pero J.G. Juan Gonzalez, debe pasar por una última revisión donde es sorprendido por el control policial, después de un largo debate entre ellos le dicen “Hemos decidido que, puesto que varias y muy serias policías de otros países han considerado valido su pasaporte – y aquí veo los cuños correspondientes -, nosotros no tenemos por qué dudar de la validez de este… documento”. Entonces le dan la bienvenida a Suecia.

Otra crónica muy documentada es “Moby Dick, La ballena Mapuche”, aquí Taufic se revela como un erudito conocedor del campo literario y de toda su capacidad de creativo y entretenido cronista “Todo indica que Herman Melville se inspiró en una historia real para escribir Moby Dick. En 1839, la revista neoyorquina Knickerbocker publicó el relato de un oficial de un barco ballenero de los EE.UU., Jeremiah Reynolds, sobre el increíble enfrentamiento de su tripulación con un cetáceo de tamaño descomunal y totalmente albino, “blanco como la lana”, bautizado como “Mocha Dick” por los marineros yanquis. Se la había avistado ya mucho antes en las cercanías de la Isla Mocha, en Chile, al sur del paralelo 38º, veinte millas al oeste de la costa, frente al río y actual poblado de Tírua, en la Octava Región”.

El apasionante relato de Moby-Mocha-Dick enlaza con la mitología mapuche, existe la leyenda de “Trempucalhue” revelada ya por algunos historiadores nacionales, “Cuatro ballenas llevan las almas de los mapuches que mueren hasta la Isla Mocha, desde donde parten en una balsa fúnebre hacia una ignota región situada a occidente, más allá del horizonte marino”.

Camilo Taufic Kalafatovic (1938-2012) fue periodista, docente, investigador y consultor en comunicaciones, con una activa experiencia internacional. Profesor expulsado de la Universidad de Chile tras el golpe militar en 1973. Taufic, enseñó periodismo en Venezuela y Argentina. De regreso a Chile, dictó cursos y seminarios de periodismo en las universidades Academia de Humanismo Cristiano y ARCIS.

“Un extraterrestre en la moneda” se nos revela como un libro de crónicas extraordinario en su elaboración y contenido, presentándonos a un nuevo autor de las letras australes, uno de nuestros más importantes y secretos cronistas.

Valparaíso, septiembre 2017

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"Espejismos con Stanley Kubrick, relatos novelescos"

Por Marino Muñoz Agüero


Está considerado uno de los escritores chilenos más importantes de la actualidad.
"inmaculada decepción"


Juan Mihovilovich Hernández (Punta Arenas, 1951) está considerado uno de los escritores chilenos más importantes de la actualidad, contándonos lo suyo o imaginando tramas (según el prisma de cada lector) despliega todo su potencial narrativo, mediante modernas técnicas de escritura, un acabado manejo del idioma y una depurada construcción psicológica de los personajes. En "Espejismos con Stanley Kubrick, relatos novelescos" lo tenemos de vuelta con su rebeldía y esa coherencia de discurso visible desde sus primigenias creaciones; la búsqueda permanente de distintas verdades y explicaciones en planos diversos de la existencia propia y ajena.

En este libro por primera vez el narrador, a diferencia de otros textos de Mihovilovich, tiene nombre y apellido: Iván Aldrich en primera persona singular y sin interlocutor trata directamente con el lector por medio de 26 relatos, cada uno con su título y que nos proporcionan la información necesaria para deducir cierta regularidad cronológica en ellos, aun cuando pueden ser perfectamente independientes entre sí. Los relatos combinan sueños de este narrador-personaje, con la exposición paralela de su existencia. Al momento de la narración, el protagonista maneja información futura de sueños y situaciones descritas, lo que le permite saltar en el tiempo, anticiparse, adelantar hechos posteriores, como por ejemplo, que será un escritor.

Aldrich señala en el primer relato que “suele identificarse con una especie de sueño inconcluso”, o que hay nítidas imágenes que le permiten deducir “ser el fragmento de una filmación esencial de Stanley Kubrick”, el reconocido cineasta neoyorquino (nos arriesgamos a pensar que esa filmación es “2001, Odisea en el espacio”). Sueña entonces que está en el espacio sideral, y puede elegir nacer o no, (porque la vida es una ilusión como le diría un amigo) e incluso determinar su estirpe y lugar de llegada al mundo, en este caso Punta Arenas (se deduce a partir de las referencias al Estrecho de Magallanes y al Río de las Minas). Todo ello desde antes que se aloje en un espermatozoide, es decir, existe antes de su propia vida, sabiendo de antemano que arriba a un mundo indeseable. Sólo a través de información indirecta entregada en el séptimo relato intitulado “Pietro Altona”, podemos deducir que Aldrich nació alrededor de 1950.

En “Espejismos…”, aparecen aquellas cosas que no sería de buen gusto compartir con un interlocutor tomando agua mineral, como por ejemplo en “Grados de referencia” (Lom, 2011).

Iván Aldrich continúa la búsqueda de respuestas emprendida por esos otros protagonistas-narradores de Mihovilovic, a través de estos sueños-relatos en los que desfilan personajes y situaciones, en una correa sin fin: la familia y su psicosis, los compañeros de escuela y los episodios de maltratos y burlas, los primeros amores y los encuentros sexuales, por ejemplo. Lo anterior atravesado por constantes dualidades: vida y muerte, placer y dolor y otras.

No obstante, lo execrable de cada tramo de su existencia y la presencia permanente de símbolos o personajes asociados a la muerte, prima siempre en el protagonista el deseo de vivir.

El texto en su conjunto deja un vacío entre los catorce años del protagonista (edad hasta la cual se sitúa en la ciudad de Punta Arenas) y el año 1997, poco antes de iniciar su carrera de Juez en el centro del país. Sólo hay referencias indirectas y marginales a los periodos intermedios, nos queda la interrogante: ¿No sueña Aldrich con su juventud, su temprana adultez o con la dictadura que se impuso en Chile? ¿O Aldrich no existió en ese periodo? ¿O el horror o el temor no le permitieron vivir, sobrevivir o soñar?

“Espejismos…”, son relatos-fragmentos-sueños que intentan aplacar angustias, neutralizar obsesiones, aclarar dudas, creemos que en ellos, el narrador-personaje no encuentra la salida. La luz (tan buscada) lo enceguece en el sueño inicial cuando llega al mundo y en el penúltimo sueño cuando va tras un gurú brasileño (la última de las búsquedas espirituales iniciadas con la lectura juvenil del ahora cuestionado y antes venerado Lobsang Rampa, la Religión, el Movimiento Focolar o la Masonería); ¿inicio o final?, fue la pregunta en ambos casos. Tampoco mejoran las cosas en el sueño final, el del escritor consagrado y su encuentro con Kubrick, cuya obra también está plagada de pistas y símbolos, éste desconoce haber realizado la “filmación esencial” gracias a la cual Aldrich, dice tener vida; ¿qué hacer ahora?, ¿soñar con otro inicio?, ¿otro ciclo?, así las cosas, entonces, ¡será hasta la próxima Aldrich!. Finalmente: ¿narrativa de ficción?, ¿autobiografía?, ¿quién podría asegurarlo?

“Espejismos con Stanley Kubrick, relatos novelescos”, Juan Mihovilovich, 145 pgs., 1ª edición.-. Simplemente Editores, 2017; Santiago de Chile.

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Huellas sobre la nieve

Por Jorge Díaz Bustamante


... un oscuro cantante de Punta Arenas en el ocaso de su vida.
"inmaculada decepción"


Chumangos es el nombre común y de cierta manera peyorativo, que se les da a los habitantes de Punta Arenas, o más bien a la persona nacida en Punta Arenas. Es también el título de un volumen de cuentos, que pertenecen al prolífico autor magallánico, Ramón Díaz Eterovic, sí el mismo de la saga del detective Heredia.

No existe una acepción correcta de la palabra chumango, de hecho existen varias versiones, como anécdota entregamos una que leímos hace mucho tiempo. Dicen que ocurrió en la estancia Oazy Harbour. Un airado capataz, de origen inglés, habría ordenado a uno de sus peones “You man go”. Al consultar a sus compañeros qué había dicho el gringo, el trabajador respondió: no sé algo así como Chumango.

Sabíamos de la existencia de este libro, sin embargo nunca lo tuvimos a la vista. No habíamos leído ningún comentario en la prensa escrita. Las noticias recibidas eran de aquellas largas conversaciones sostenidas en casa del poeta Hugo Vera Miranda, por tanto, a nuestro entender, pasaba ser uno de los tantos libros ficticios publicados por autores magallánicos, que ya deben sumar un centenar.

Por eso es que, para nosotros, fue una gran sorpresa encontrarlo en un escaparate de una pequeña librería de Puerto Natales. La amable librera entonces no debe haber entendido un carajo mis expresiones de júbilo, al encontrarme con este volumen de textos, del que para ser franco dudaba de su existencia. La alegría, para que los lectores entiendan, es como cuando ganas una difícil partida de truco, o cuando te alzas con todas las bolitas en un juego de la “hachita y cuarta”.

Ramón Díaz Eterovic, nos revela un volumen de cuentos que consta de 8 relatos, todos ambientados en la Patagonia; “En la bahía recalaban vapores que traían mercaderías europeas y se llevaban cargamentos de carne y cueros. Me gustaba ir al puerto a ver como trabajaban los estibadores. Los nombres y banderas de las embarcaciones invitaban a soñar con países lejanos, como del que llegó tu abuelo materno, con la esperanza de hacerse la América con el mentado oro de la Isla de Tierra del Fuego”.

En apretadas 100 páginas el autor nos presenta un nutrido volumen de cuentos: “El regreso”, “El minuto feliz de Largo Viñuelas”, “La última aventura”, “Costumbres familiares”, “Mi padre peinaba a lo Gardel”, “Largas noches de hospital”, “En el corazón profundo de la noche” y “Crónica roja”. Los personajes trasuntan y trascienden al paisaje magallánico; está presente el abuelo croata de siniestro pasado, el desgarbado y querible Viñuelas, “porque a pesar de su porte cercano a los dos metros y de sus brazos extensos, como los tentáculos de un pulpo”, permanecía como suplente del equipo de sus amores. Del viejo pícaro, don Gaspar, del que “se hablaba con respeto y las anécdotas que él había protagonizado siempre tenían un trasfondo de ingenio o pillería usada en buena ley”. Está también Gatica, “la voz que acaricia y asombra”, un oscuro cantante de Punta Arenas en el ocaso de su vida.

Muchas de estas narraciones estaban en el imaginario colectivo austral, eran comentarios obligados en tertulias de amigos y compañeros, que compartiendo un buen asado y un trago de vino, se despachaban un relato fronterizo entre la fantasía y realidad. “Los cuerpos de Dollenz y Valcarce nunca fueron encontrados y sobre la caja fuerte extraviada comenzaron a tejerse una serie de leyendas. Que habíamos alcanzado a dejarla en una isla, que nunca la sacamos del pueblo. Fábulas, simples fábulas…” Nos señala en “La última Aventura”. Así desarrolla una vieja historia en la zona de Última Esperanza que tiene numerosas variantes y hoy día se plasma en letras de imprenta.

Se trata de un volumen de cuentos muy cercano, historias recientes que abarcan el entorno de nuestros abuelos y nuestros padres. En el que nos vemos reflejados como en un espejo. La vida cotidiana, las tradiciones y las costumbres, como así también la tragedia, el aislamiento y la soledad son los motivos que mueven estas páginas.

Nos vamos a detener en el emotivo relato “Mi padre peinaba a lo Gardel”; “Pensar en él es recobrar cualquiera de esas noches en que regresaba del trabajo a la casa, a ese ir y venir cotidiano de quehaceres domésticos, al que entraba siempre como un viajero, como alguien que volvía de un espacio remoto del que apenas teníamos una visión borrosa, esbozada en las anécdotas que recreaba de tarde en tarde, o cuando miraba a sus hijos que iban distanciándose de las imágenes que reproducían las fotos que portaba en su billetera de añoso cuero café”. De manera casi autobiográfica Díaz Eterovic, nos cuenta los primeros afanes literarios y la importancia de la aprobación de su padre en el oficio de escribir. El viejo sin mayores expresiones, le compra una máquina de escribir y le regala un ajado volumen de cuentos de Jack London.

Luego viene el éxodo, la larga peregrinación de los magallánicos de antaño, para estudiar en otras latitudes para forjar su futuro. Las comunicaciones por carta con el terruño familiar. En esos tiempos, la palabra escrita, era el único medio de comunicación con nuestros padres, emociona entonces el adiós del joven escritor: “sus pasos dejaban huellas sobre la nieve y en el vaho de los vidrios comenzaba a escribir de aquellas cosas que nunca le dije”.

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Puerto Natales era una pequeña aldea de un estado mexicano

Casas como dibujitos de techos rojos.
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Puerto Natales era una pequeña aldea de un estado mexicano. Con muchos bares y jinetes que circulaban con pistolas al cinto. Se veían películas mexicanas, se escuchaban rancheras y también mucha gente con sombreros. Con sombreros mexicanos. En noches tranquilas íbamos por ahí, por fuera de las casas, escuchando lo que se tejía dentro de ellas. Nos enterábamos de muchas historias, algunas se pueden contar.

Las maderas de las casas eran delgadas. Se veían circular a los trabajadores con un cordero al hombro. Mucha gente circulaba con una o más centollas rumbo a su hogar. Los mineros que iban a trabajar arriba de camiones a RíoTurbio. Casas como dibujitos de techos rojos.

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La casa de la infancia del Che

Por Ramón Díaz Eterovic


En la primera sala están sus objetos de la infancia.
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Es temprano cuando abordamos con el escritor Bartolomé Leal un destartalado bus que nos llevará a Alta Gracia, ciudad ubicada a 39 kilómetros de Córdoba, en la que Ernesto Che Guevara pasó varios años de su infancia por voluntad de sus padres que buscaban una cura para el asma que lo acompañaría hasta el último de sus días. Alta Gracia es una ciudad tranquila y hermosa, con abundantes parques y naranjos que crecen en las veredas. Sus casas, antiguas y nuevas, delatan el buen pasar de la mayoría de sus vecinos; y muchas de ellas son verdaderas joyitas arquitectónicas que invitan a ser observadas con atención. La ciudad, además de un casino moderno y amplio, tiene varios atractivos históricos que atrae a los turistas; entre ellos una antigua estancia jesuítica y la casa donde vivió el compositor Manuel de Falla cuando salió al exilio después de la derrota de los republicanos en la Guerra Civil Española de 1936.

Al finalizar el viaje, descendemos del bus y caminamos una decena de cuadras hasta llegar a la Casa del Che, construida el año 1911 por la Compañía de Tierras y Hoteles. En esa casa vivió el pequeño Ernesto, desde 1935 hasta 1937, y de 1939 a 1943. La casa, pintada de blanco, tiene una terraza en la que se ve una escultura del Che niño, sentado sobre una baranda de concreto. La escultura muestra a un niño de pantalones cortos y con una mirada profunda que parece estar observando más allá del jardín.

La casa cuenta con una docena de habitaciones en la que se presenta una pequeña y ordenada muestra de fotos y objetos que recorren distintos momentos de la vida del guerrillero. Es una exposición que respeta la intimidad de la casa, sus rincones hechos para la vida familiar, los objetos que sobreviven acariciados por los años y los rayos del sol. En la primera sala están sus objetos de la infancia. Dos triciclos, una cama pequeña, juguetes, un escritorio de madera, y sobre éste las primeras lecturas del Che: Mark Twain, Edmundo De Amicis y Emilio Salgari, entre otros autores que alentaron el hábito lector que lo acompañó toda su vida. Todos publicados en la colección Robin Hood, con sus características portadas amarillas. “La madre es quien le enseña a leer porque no puede ir a la escuela (…) a partir de entonces se convierte en un lector voraz” –señala Ricardo Piglia en su ensayo “Ernesto Guevara, rastros de lectura”.

 En otra de las salas, que lleva el nombre de su amigo Alberto Granados, encontramos una réplica de la moto que el Che usaría en su viaje por Latinoamérica, incluyendo parte del sur de Chile. Cuesta imaginar que un vehículo tan reducido haya podido transportar a dos personas por caminos de tierra y senderos perdidos en los mapas. En un recorte exhibido en una de las paredes de la pieza, leemos una noticia del Diario Austral de Temuco que dice: “Dos expertos argentinos en leprología recorren Sudamérica en motocicleta”. En esta misma sala se encuentra una parte de las cenizas de Alberto Granado. En otras habitaciones del museo, encontramos fotos que muestran al Che junto a varios líderes mundiales: Salvador Allende, Mao, Nazer. También algunos de sus cuadernos de viajes, lapiceras gastadas por el tiempo, una vieja mochila, cartas, documentos, su carné de médico. Llama la atención la letra diminuta y ordenada con la que escribía en sus cuadernos; y desde luego, su afán de registro, de estricta contabilidad de los hechos cotidianos.

En lo que alguna vez fue el baño de la casa, la foto de un Che de pocos años, sentado en su bacinica de loza, nos devuelve el tono familiar de la exposición. Es un niño, parece feliz y mira desafiante el ojo de la cámara. Un rato más tarde entramos a la cocina, dedicada al recuerdo de doña Rosario, la mujer que conoció a Ernesto Guevara cuando éste tenía cuatro años y ya sufría sus devastadores ataques de asma. Sobre una pared, los recuerdos de la nana: “Muchas veces lo llevé en mis brazos hasta su cama, porque no podía caminar (…) Él era un niño generoso, cuando compraba golosinas no eran sólo para él, sino para sus amigos y para los que trabajaban en la casa…”

Cerca del mediodía, la visita llega al patio de la casa. Un Che de bronce y a tamaño natural está sentado en un escaño. Parece disfrutar el habano que fuma. Unos pájaros se posan sobre las ramas de un árbol. Decimos adiós al Che y su casa de la infancia. No hay nada más por apreciar en el lugar y sus alrededores, salvo la tranquilidad del barrio que se huele en el aire.

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Poli

Por Ramón Díaz Eterovic

Poli Délano y Ramón Díaz Eterovic en Iguazú, Argentina, 1996.

Fue generoso hasta lo inimaginable.
"inmaculada decepción"



Numerosos amigos despedimos a Poli Délano en la Casa del Escritor y en el Parque del Recuerdo. Fue el último adiós a un escritor que supo atrapar en sus cuentos y novelas la esencia de personajes que transitaron por el optimismo de los años 60’, los años de la Unidad Popular, y el tiempo de la dictadura. Fue un indudable protagonista de la escena literaria chilena y latinoamericana desde que publicó su libro de cuentos: “Gente solitaria”. Asistente frecuente a encuentros, presentaciones de libros, lecturas públicas y todo tipo de actividades que permitían reunirse con sus pares y sus lectores. Dirigió talleres en los que se formaron varias camadas de escritores, organizó antologías en Chile y el extranjero, difundió la literatura chilena como pocos en incontables crónicas, ejerció la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile. Fue un escritor que no esquivó el compromiso político en ninguna circunstancia y eso le valió varios años de exilio y la marginación de reconocimientos que sin duda merecía por su amplia y valiosa obra literaria.

Para muchos de los que éramos jóvenes escritores en los años setenta del siglo pasado, Poli Délano era un autor que leíamos con entusiasmo. Nos gustaban sus cuentos llenos de vida y autenticidad. Desgraciadamente, al menos en mi caso cuando pude viajar a Santiago, Poli emprendía un largo exilio de catorce años, la mayoría de los cuales vivió en su querido México, donde en estos días lo han recordado con sentidas columnas y crónicas. Debí conformarme con leer su relato de viaje “Lo primero es un morral”, su novela breve “Cuadrilátero”, los cuentos de “Vivario”, “Cambio de máscaras” (Premio Casa de Las Américas), y “Los mejores cuentos de Poli Délano” que publicó Zig Zag. Más tarde, en el año 1984, tuve la ocasión de conocerlo y encontrar a un escritor que se parecía a muchos de los personajes de sus cuentos: tenía una fuerza creativa a toda prueba, le gustaba compartir con sus amigos, tenía un notable sentido del humor y unas ganas de vivir a toda prueba. Lo conocimos, y más que hablarnos de su obra como hacían otros escritores mayores, se interesó por conocer y estimular lo que hacíamos los jóvenes. Fue generoso hasta lo inimaginable. Nunca escatimó un prólogo para un libro ni su tiempo para estar en las presentaciones de los mismos. De su mano conocimos a muchos autores que él nos recomendó leer o nos presentó en algún encuentro dentro o fuera de Chile. Fue el maestro de carne y hueso que muchos necesitábamos y sobre todo un amigo constante que se interesaba por lo que estábamos escribiendo, por lo que leíamos, por nuestros hijos y nuestras compañeras. Se podía confiar en él a todo evento y por eso para muchos, entre los que me incluyo, era nuestro Poli.

Tuve la fortuna de ser su amigo. De compartir tardes y noches de copas en las que invariablemente terminábamos discutiendo sobre las bondades de un Roberto Goyeneche o un Edmundo Rivero. Poli era una enciclopedia en muchas materias; autores y libros desde luego, tangos, cine, boleros y corridos mexicanos. Compartimos viajes, entre los que recuerdo dos a México y otro a España para participar en el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que organizaba Luis Sepúlveda. En ese viaje, y a propósito de un premio que me tocó recibir celebramos en la Plaza Mayor junto a mis editores de LOM, Diego Muñoz, Luisa Percket y Sonia González. Terminamos la celebración cantando la Internacional para asombro de no pocos españoles que a esa hora andaban de copas. Viajamos al encuentro que aun organiza Mempo Giardinelli en la ciudad argentina de Resistencia, y un día después del regreso de ese viaje conocí la desgraciada noticia del accidente que le costó la vida a su hija Bárbara. Creo que sólo un hombre con el coraje de Poli podía haber soportado un golpe tan brutal. Lo hizo con una entereza difícil de explicar, y a pesar de los pesares, siguió adelante, con el corazón quebrado pero siempre aferrado al dulce misterio de vivir.

Poli fue un escritor a tiempo completo y sólo nombrar los títulos de sus libros ocuparía al menos un par de carillas. Era un dios Midas que convertía en literatura todo lo que vivía. Todo le servía: un buen chascarro, una persona que conocía al azar, sus experiencias políticas y amorosas, sus recuerdos más vitales, como los de sus estudios en el Pedagógico que le sirvieron para escribir una de sus últimas novelas: “Un ángel de abrigo azul”.

Han pasado algunos días y cuesta hacerse a la idea de que Poli no está a nuestro lado. A ratos dan ganas de pensar que sólo anda en uno de sus habituales viajes y que uno de esto días llamará para concertar una cita y beber ese penúltimo whisky al que le escribió el poeta Horacio Ferrer en uno de sus tangos, y que esta vez, y por primera vez, quedará sin beber. Nuestro Poli se fue. Nos queda el recuerdo de un escritor y un hombre singular al que tuve el privilegio de conocer: un maestro en el siempre difícil arte de vivir y escribir.

 Columna publicada anteriormente en la Revista Punto Final N° 883, septiembre de 2017.

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Me dan miedo los veganos

Por Miguel Mazzeo


Chori y cerveza. Asado y Fernet. Buseca y vino tinto.
"inmaculada decepción"



Sospecho de los veganos. No puedo evitarlo. Me he dedicado a observarlos con detenimiento y trato de conversar con ellos cada vez que se me presenta la ocasión. En verdad me interesa ahondar sobre su condición, la que suelen vivir con predisposición de iniciados, no exenta de rasgos apostólicos.

No todos recurren a las conceptualizaciones imperfectas y de bajo nivel explicativo. Por mi pasión por el asado, las empanadas, el locro, el puchero de codillo, los frutos del mar, los salamines, el queso, el chupe de guatita, el curanto, el pozole estilo Jalisco, el mole de olla y un largo etcétera, algunos me han “corrido por izquierda” y con argumentos relativamente sofisticados.

Me dicen que mi posición “especista” se eslabona mecánicamente con el machismo, el capitalismo, el imperialismo y el colonialismo; que comer carne, indirectamente, me convierte en defensor de la trata de personas, aliado de proxenetas y traficantes de órganos; que soy un criminal, un ser de mierda. No les creo demasiado. Tengo la sensación de que exageran un poco. Sigo escuchándolos y observándolos en silencio, mientras mantengo una absoluta disponibilidad para las hipótesis más desagradables sobre mi persona.

Cuando asocian nuestros hábitos alimenticios a un carácter criminal, cuando equiparan los mataderos de cerdos a los campos de concentración de los nazis, y así sucesivamente, yo no puedo dejar de percibir que la estructura de los veganos es fuertemente anti-hedonista y anti-erótica. Tal vez se trate de resabios de la moralina de algún credo, por aquello de que “la carne es pecaminosa”.

Minusválidos sensoriales por elección, los veganos están sometidos a un sistema de disciplina “espiritual”, por lo general sin autoridad divina, pero no por eso menos coactivo y represivo. En muchos aspectos ese sistema es más estricto que los que contemplan la intervención de autoridades divinas, porque es inflexible y no toma en cuenta la ética de situación. En concreto, veo que los veganos siguen el consejo de Epicteto: “sufrir y abstenerse”. Y a mí me parece que los veganos sufren. Sobre todo en las reuniones masivas donde se ingiere carne, en fiestas paganas y en otras instancias de comunión. O cuando deben rechazar un agasajo que, junto con la dedicación y el amor, porta alguna dosis de carne o de productos derivados de animales. No se trata de un sufrimiento inspirado en la compasión por las víctimas del reino animal. En verdad, me parece que no les importa demasiado la vida del chancho devenido jamón o chorizo, el destino de la vaca cuyos trozos se doran en la parrilla o la situación de aquella cabra, cuyas ubres fueron manoseadas para sacarle leche y hacer quesillo. Me parece que sufren porque una ideología les está matando una cultura (o, por lo menos, los resabios de una cultura).

A veces me dan miedo los veganos. En infinidad de casos he podido observar ansiedades paranoides, un permanente temor a contaminarse, a estar impuros. En ocasiones percibí, también, el sustrato de una estructura hipocondríaca.

Cuando un vegano posee una personalidad sádica, se convierte en un sujeto peligroso. Quiero decir: más peligroso que un sádico con otros hábitos alimenticios. ¿Qué opciones tiene de instrumentar su desequilibrio? Comer carne animal, tomar leche y deleitarse con sus derivados (además del queso: ¡dulce de leche!, ¡helado!, etcétera), puede ser una solución, pero esa alternativa, obviamente, está descartada para los veganos. Claro, no tengo porque asociar sadismo a veganismo, la combinación resulta fortuita. Pero, de todos modos, hay algo en el fondo que perturba, que “hace ruido”.

Consideremos el tema bíblico de Caín y Abel. Sabemos que Caín mató a su hermano Abel. Caín era agricultor mientras que Abel era pastor. Ambos le ofrendan a Dios sus productos, pero a Jehová sólo le agradan las ofrendas de Abel, unos corderitos espectaculares, alimentados con pastura natural. Caín se retuerce de envidia. Se enfurece cuando Dios le desprecia la cebada perlada. No soporta ser menospreciado por la autoridad. Un sacrificio exige dar lo mejor. Y lo mejor a los ojos de Dios era la carne. La evidencia muestra que a Dios no le gustan las galletas de algarroba, el tofu, etcétera Y entonces el vegano Caín, que nunca había destazado un animal, mata al carnívoro Abel achurando vilmente al propio hermano.

En muchas religiones, la supresión temporaria de la ingesta de carne (la cuaresma en el cristianismo, por ejemplo) se asocia a una situación transitoria de sufrimiento y de abstinencia. El sacrificio auto-inflingido es más bien simbólico y, sobre todo, un tributo a Dios. El ritual se completa con una celebración de la vuelta al tiempo de la vida plena: Chori y cerveza. Asado y Fernet. Buseca y vino tinto. Los veganos viven reprimidos en una cuaresma perpetua.

Los seres humanos no nos escaparemos jamás de los rituales sin consecuencias funestas.

Como el pobre Abel no tuvo descendencia, todos los seres humanos somos hijos del vegano Caín[1]. Hijos e hijas de quien reemplazó el sacrificio por el asesinato, el ritual por el crimen. Así nos va.

Además, el muy turro nos condenó a comer los productos de una tierra regada con la sangre de un fraticidio, a morar en las afueras del Paraíso, más precisamente en la región de Nod, al Este; a vivir con miedo a ser rechazados por la autoridad en lugar de enseñarnos a no tomarla en cuenta y “hacer la nuestra”.

El vegano Caín es el artífice de la mayor impureza, de la mayor contaminación.

Después llegó Monsanto a sumar su mierda.

Lanús Oeste, provincia de Buenos Aires, 20 de agosto de 2017 


 [1] No es descabellada la hipótesis que sugiere que el vegano Caín mató a su hermano carnívoro para que su estirpe tenga la exclusividad a la hora de poblar la tierra y crear la humanidad.

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